La leyenda de laguna de El Cajas

Hace mucho, pero mucho tiempo en la Cordillera de los Andes, en territorio ecuatoriano, existía un imponente y hermoso valle verde, adornado con miles de flores, al pie de una gran montaña. Esas tierras a pesar de ser de inigualable bell

Imagen cortesía de pixabay.es

eza, eran propiedad de un terrateniente insensible, y autoritario que vivía allí con su esposa y sus hijos. Ellos tenían muchos sirvientes y Vivian rodados de miles de lujos.

 

La familia entera, humillaba y vejaba a su personal de servidumbre, y a los trabajadores de sus tierras, pensaban que eran personas que no merecían consideraciones y que solos servían para estar bajo sus pretensiones.

 

Una tarde donde el calor estaba en su punto más alto, una pareja de ancianos, que pasaba por el camino, vieron la casa desde lo lejos, y decidieron pedir permiso para descansar y refrescarse un poco. La mujer debido a su avanzada edad, caminaba apoyada en un bastón, el anciano llevaba con él un cántaro de agua ya vacío.

 

  • Vieja -dice el anciano- será que tocamos la puerta a ver si nos permiten entrar a descansar, en esta casa no creo que nos nieguen un poco de agua, se ve que no les falta nada.

 

Así lo hicieron, tocaron a la puerta y esperaron a que alguien les abriera. Dentro de la casa los miembros de la familia se asombraron, ya que por allí no pasaba casi nadie, y los trabajadores jamás se atreverían a tocar la puerta principal, sabiendo como era su patrón. Una sirvienta, abrió la puerta, y el anciano pregunto:

  • Disculpen la molestia. Mi esposa y yo vamos camino a la ciudad, pero por lo fuerte del calor, estamos muy cansados, y nuestra reserva de agua se ha acabado. ¿Nos pueden permitir descansar y llenar nuestro cántaro de agua??

 

El dueño de la casa, que estaba sentado merendando con su familia, le ordeno de manera tajante a la sirvienta que los echara, que nadie podía entrar a su casa si él no lo invitaba.

  • ¡No quiero extraños en mi casa! – le grito el patrón a la sirvienta- échalos y suelta a los perros!!

 

Ningún miembro de la familia, objetó la decisión del dueño, todo lo contrario, lo apoyaron dándole la espalda a los ancianos y siguieron merendando como si nada.

 

La sirvienta, que era una persona muy noble y considerada, le pidió a la pareja de viejos, que la acompañaran que ella les daba un poco de agua y un lugar donde descansar. Llevándolos hasta el granero, donde les dio a comer pan, queso y carne, y lleno su viejo cántaro de agua limpia y fresca.

 

La anciana que, durante lo ocurrido, no había pronunciado palabra, le dijo a la sirvienta:

  • ¡Eres un ángel!
  • Señora- dijo la aseadora- sólo hago lo que me enseñaron mis padres, ayudar a quien lo necesite.

 

 

Esta, salió del granero, dejando que el par de señores, descansará y se pudieran reponer del viaje. Paso un largo rato y la domestica luego de hacer sus labores paso por el granero a ver cómo estaban y que necesitaban. En ese momento es cuando la pareja le comenta:

  • Por tu generosidad y atención para este par de viejos, estamos en la obligación de avisarte y pedirte que dejes este lugar antes de que amanezca, ya que aquí habrá unas desgracias que arrasará con esta familia tan mala y déspota. Avísale a todos los que tú consideres que se deben salvar. Nosotros también nos vamos.!!!!!!!!!!!!

 

Un poco antes del amanecer, el despiadado patrón, se levanto sobresaltado por el ruido que hacían los animales asustados. Levanto a toda su familia, pudiendo salir de la casa, antes que una gran cascada de agua inundara todas sus propiedades. Dejando todos sus bienes bajo agua.

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La familia completa pudo salvarse, y pudiendo observar como todo de lo que ellos alardeaban, quedo bajo el agua, solo pudieron resguardar la ropa con la que dormían. Esta tragedia los obligo a buscar un lugar donde empezar de nuevo, sin recursos, así como todos sus trabajadores.

 

Donde el día anterior, estaba su lujosa mansión, ahora había una gran laguna de aguas trasparentes y tranquilas. De allí se dice que nació la Laguna de Cajas. Quedando como testigo, que se debe hacer el bien sin esperar nada a cambio. Ayudar a tu prójimo, como en algún momento tú necesitaras de alguien.