El manjar de los brujos

Tres populares brujos, que tenían un castillo inmenso, una extraña noche tuvieron una gran fiesta. Dichos tres personajes, de grandes narices, cabellos deshechos y rancio aspecto, eran conocidos por sus increíbles poderes mágicos. Ellos eran capaces de sanar a cualquier enfermo del pueblo, sin importar qué clase de mal padecieran.

Desde su llegada al pueblo, su popularidad empezó a crecer más y más. En dicho pueblo, las enfermedades más terribles del mundo se encontraban en pleno auge. Y fue aquí cuando los tres señores canosos, de fea mirada, pero de increíbles poderes mágicos, vieron la oportunidad perfecta para demostrar todas sus habilidades de sanación.

Solían preparar caldos, pociones, y toda clase de elixires. Las personas, poco a poco empezaron a pasar por el castillo de estos tres brujos para probar de esas esencias curativas, y así sanar todos sus males que cargaban en el cuerpo. Algunos, al principio, se notaban asustados al enfrentarse cara a cara con los brujos.

Era muy difícil creer que tres hombres mayores serían capaces de curar enfermedades como la tuberculosis o como el cáncer. Sin embargo, uno por uno los habitantes del pueblo decidieron probar la magia de los brujos, puesto era su última esperanza para curar todos sus males mortales.

Los tres brujos, a pesar de contar con una magia increíble y poderosa, tenían un gran defecto: cada vez que hacían uso de su magia, perdían tanta energía que necesitaban toda clase de alimentos para recuperarse. Entonces, luego de haber realizado las primeras curaciones, los tres viejos decidieron obligar a sus pacientes a brindarles provisiones y comidas a cambio de curarlos con sus poderes.

A los habitantes del pueblo no les importó acatar esta condición. Se dieron cuenta que, si querían mantener los poderes de los brujos a su favor, debían alimentarlos de la mejor manera posible. Poco a poco, todos los pacientes de los tres brujos se fueron sumando a la idea. Cada día, junto a cada uno de los pacientes curados, los brujos recibían toda clase de alimentos. Incluso, muchos más de los que necesitaban.

Con el tiempo, los tres brujos aumentaron enormemente de peso, a tal punto que comían sin la necesidad de tener hambre, y cada día más. Los habitantes, contentos por las labores de los brujos, decidieron organizar una fiesta dentro del castillo para premiarlos y conmemorarlos. Y por supuesto, en dicha fiesta, llevarían toda clase de comida para los brujos.

Esa noche el castillo estaba repleto. Todos los habitantes bailaban sin parar, mientras que los tres brujos comían toda clase de banquetes para saciar su hambre. Pero la comida no fue suficiente. Los tres brujos, cegados por su gula, luego de terminada la comida, querían más y más y más. Y lo único que encontraban para comer, dentro del castillo, era a los invitados de la fiesta.

Los brujos se miraron entre ellos, con los ojos bien abiertos, y la boca hecha agua, como queriendo arrasar con todo a su camino, sin importar lo que fuese. Se pararon de su mesa, corrieron al salón. Sudaban mientras corrían. Parecían salidos de sí mismo, y dictaminados por el hambre, uno a uno los tres brujos empezaron a devorar a los invitados de la fiesta. Todos gritaban, todos corrían, como intentando escapar de las garras de los brujos, pero ninguno lo logró.

El castillo quedó vacío, como nunca había estado. El silencio que dominaba solo fue interrumpido por los eructos y las risas de los brujos, quienes se habían alimentado con las vidas de todo el pueblo. Esa noche, las enfermedades dejaron de existir, pero no porque lograron ser erradicadas, sino porque ya no existía nadie que pudiera padecerlas.